Cul de Sac 1

4,50 €

Ediciones el salmón

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Cuenta Günther Anders en su introducción a La obsolescencia del ser humano que, durante el coloquio mantenido tras pronunciar una conferencia, una persona del público calificó al filósofo alemán de reaccionario romántico por plantear dudas y críticas a la evolución de la industria y la producción, y, por ende, del progreso. Semejante calificativo le cogió totalmente desprevenido: lúcido crítico de la técnica, firme opositor al nazismo -lo que le llevó al exilio-, Anders se sirve de esta anécdota para hacer notar cómo la idea de progreso, décadas atrás punta de lanza del socialismo para atacar la sociedad burguesa, ha sido totalmente asumida por ésta.En el primer número de Cul de Sac hemos tratado de desentrañar cuáles son los orígenes del concepto de progreso a través de tres artículos: Notas sobre el subjetivismo moderno, de Kostas Papaioannou, La ideología del progreso y de la producción encubre la práctica de la destrucción, de José Manuel Naredo, e Imaginarios apocalípticos, de Javier Rodríguez Hidalgo.Podría pensarse que la idea de que la sociedad avanza sin cesar hacia estadios superiores de civilización es intrínseca al ser humano, pero no es así. En su clásico estudio La idea de progreso, John Bury analiza cómo esta concepción del mundo era incompatible con las cosmovisiones griega y latina, para las que el Hombre no hacía sino degenerar a partir de una perdida Edad de Oro que jamás regresará. Durante la Edad Media, si bien se produce alguna innovación en la forma de concebir la Historia, el paraíso de la igualdad, culminación de la obra de Dios, se sitúa siempre en un más allá y no en el desarrollo de las condiciones de vida materiales en la ciudad terrena.Es hacia mediados del siglo XIX cuando la idea de progreso se afianza en el imaginario colectivo, dos nuevas concepciones contribuirían a ello: 1)la idea de la inmutabilidad de las leyes naturales, que permitía un avance indefinido de las ciencias de la naturaleza y 2)la creencia en la indefinida perfectibilidad humana a través de las instituciones sociales. Esto es: la consolidación de la fe en el conocimiento científico ilimitado y la capacidad de los nacientes Estados para gobernar y mejorar a sus poblaciones.Kostas Papaioannou esboza una historia de la idea de progreso que pone el énfasis en el cambio que se produce respecto al lugar del ser humano en el cosmos, en su relación con la naturaleza y con Dios. En el centro de la idea de progreso hallamos, por tanto, el subjetivismo moderno, un «humanismo depredador», donde el individuo es el centro del mundo material.El artículo de José Manuel Naredo desarrolla cómo con la desacralización acaecida en la concepción hasta entonces vigente sobre el origen del hombre y su lugar en el universo, cuando la ciencia, tomando el testigo de la religión, se erige en garante del bienestar de la Humanidad. Una vez asumida la concepción de que la Humanidad «avanzaba por la senda de un progreso indefinido», a través de la razón, de las innovaciones técnicas y los descubrimientos científicos, el ser humano podría por fin someter a la naturaleza sin tener en cuenta las limitaciones de ésta. Cuando el bienestar y la felicidad de los hombres se identifica con la producción incesante de mercancías, es necesario correr un velo en torno a las consecuencias que sobre el medio ambiente (entendido en sentido amplio como entorno natural y social) conlleva el régimen fabril que las hace posibles.Javier Rodríguez Hidalgo, en un artículo aparecido en una primera versión en el sexto y último número de la revista Resquicios ahora ampliado, da cuenta de cómo en nuestros días la cultura de masas, sobre todo a través del cine y la televisión, ha renovado para el imaginario colectivo la posibilidad de que nuestra civilización tenga un fin catastrófico, cuando tiempo atrás los logros de la industrialización parecían haber borrado borrado del horizonte la visión de un final apocalíptico de la historia sustituyéndola por la del crecimiento ilimitado y el paraíso de la abundancia. Estos productos de la industria cinematográfica alejan en su mayoría la visión de la catástrofe a un escenario lejano en el tiempo, a la vez que desarrollan una especie de poética de la destrucción en la que la catástrofe final servirá para redimir a los incautos humanos. De cómo algunos de estos productos han influido en lo que, a falta de mejor nombre, llamamos crítica radical, se ocupa también el artículo, mencionando películas como V de Vendetta, Matrix, Doce monos o El club de la lucha.Fuera de este monográfico sobre el progreso, la revista contiene dos artículos más.José Ardillo traza con su texto En la senda de Lewis Mumford una biografía intelectual del escritor americano, uno de los más lúcidos estudiosos y críticos de la técnica. Ante la capacidad de autodestrucción que albergaría la civilización industrial, la obra de Lewis Mumford surge de una «colosal motivación: cómo salvar la civilización de las fuerzas de destru

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