«No voy a ser yo, su editor, quien desmienta lo que afirma su propio nombre: Libros de Trapisonda. La Academia nos dice, entre otras acepciones, que se trata de un embrollo y un embrollo es un conflicto del cual no se sabe como salir, y no le falta razón al nombre, cuando un lector decide mudar de piel y desplegar las alas de editor, trocar un cómodo sofá por el trajín de tipos, sangrías y ferros, no es consciente de lo que le sobreviene. Y es mejor así, pues fruto de ese aliento vital, entre quijotesco y narcisista, de esa decisión alumbrada en un trance de hipersensibilidad estética o de cualquier otra razón suscitada por el fervor de los libros, se conforma un mosaico donde cada editor aporta su tesela, y las pequeñas son igual de necesarias que las grandes para obtener un conjunto armónico».

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